Alfredo García Dóriga escribía no
xornal El Eco de Galicia (1905, 10 de
outubro) un artigo titulado “El Obispo Santo”no que abordaba a figura
deste bispo mindoniense que o pobo de Foz e os da contorna decidiron santificar,
non así a igrexa oficial de Roma, aínda que na catedral de Mondoñedo, polo
menos dende o século XIII, dicíanse misas diariamente en honra de San Gonzalo.
García Dóriga comeza o seu artigo
falando de Bretoña, a sé episcopal dos emigrados bretóns, da que di que no ano
572, “durante la dominación de los Suevos
y en el reinado de Tehodomiro, tuvo el placer de llamarse sede britoniense”.
Supoñemos que se está a referir ao segundo concilio de Braga (do ano 572) no
que aparece firmando en último lugar, debido ao rango que ocupaba na xerarquía
episcopal, o famoso bispo Maeloc. (Mailoc,
Britoniensis ecclesiae episcopus hic gestis subscripsi; quen isto firma é
Maeloc, bispo da igrexa de Bretoña).
Sobre Bretoña gustaríame apuntar
un dato sobre a súa orixe. Nun primeiro momento os bispos de Bretoña
titulábanse así mesmos como episcopus
britonorum (bispo dos bretóns), o que nos fai pensar que a comunidade dos
bretóns, co seu bispo á cabeza, convivía con outras comunidades cristiáns non
foráneas. Posteriormente pasan a titularse como episcopus britoniensis (bispo de Bretoña), incluíndo aos bretóns
como ás poboacións autóctonas. Isto último fainos pensar en que, co paso do
tempo, os bretóns acabáronse fusionando e diluíndo entre a poboación autóctona,
convertendo en innecesario o termo britonorum,
xa que o bispo érao tanto dos bretóns como da poboación autóctona.
García Dóriga non se esquece de
falar da aniquilación, por parte dos musulmáns, da sé episcopal de Braga, feito
que obriga ao seu bispo, Sabarico, a buscar refuxio en zonas máis norteñas.
Está é a razón que explica o traslado da sé de Dumio a San Martiño. Que o traslado
sexa a San Martiño e non a Bretoña fainos pensar en que a antiga sé atopábase
ou ben abandonada ou, tal e como moitos investigadores aceptan, totalmente
destruída tralos ataques das tropas musulmáns.
Antes de abordar o tema do milagre
de San Gonzalo, García Dóriga decide falar dos lugares que van aparecendo na
lenda do santo. Por iso detense en explicar a igrexa de San Martiño, á que non
dubida en calificala como señorial, soberbia e antiquísima “y no procura erigir en monumento nacional, y
cuyas bellezas arquitectónicas intentó únicamente restaurar, en muy pequeña
parte, en el siglo XIX, el obispo de Mondoñedo, don Ponciano de Arciniega, sin
que después nadie se acordase de tender una mirada protectora sobre aquel asilo
de la religión, del arte y la historia de nuestro Regionalismo”. Tivemos a
inmensa sorte de que tanto os prelados, como os curas destinados en San
Martiño, así como os políticos e as forzas vivas do noso concello, tivesen un
interese especial por conservar esta xoia arquitectónica que nos diferenza dos
concellos colindantes. De non ser por ese interese hoxe en día, no mellor dos
casos, estaríamos a contemplar en San Martiño unha serie de ruínas e
contándolles aos nosos fillos como, segundo din os vellos, alí existira unha
igrexa que noutrora fora a sé episcopal de Mondoñedo.
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Alfredo García Dóriga |
García Dóriga non debía de coñecer
San Martiño cando escribiu ese artigo, senón non se explica as seguintes
frases: “en un rincón oscuro,(…) un largo hueco que semeja un sepulcro vacío,
sepulcro que, según la tradición, guardó por mucho tiempo el venerable cuerpo
del santo Gonzalo. Ved ahí todo lo que quede de la grandeza y esplendor de la
sede Dumiense!, un templo arruinado y una tumba vacía!”. Moi errado está ao
escribir isto pois no ano 1905 o sartego de San Gonzalo seguía a conservar o
seu corpo. Lembremos que este sartego xa se abrira nos anos 1648, 1704 e 1705.
Posteriormente ao citado artigo abriuse o sartego nos anos 1916, 1931, 1967 e
1975. Dende este ano non se volveu a abrir o sartego e dentro, polo menos en
1975, conservábanse os restos óseos de San Gonzalo.
Nas aperturas públicas do sartego participaron
unha comisión de “expertos”, formada
por varios sacerdotes e testemuñas cualificadas, así aconteceu en todas menos
na que se leva a cabo no ano 1931. Esta apertura realizouna o cura párroco
(Xosé María Fiallega) “motu proprio del
que informa, sin autorización superior, en aquellos días de exaltada
turbulencia política de 1931, a mediados, para recoger el báculo y el anillo,
ante el temor de que, en caso de posible profanación del sepulcro, pudieran llevárselos,
considerándolos como cosa de valor”. Agradecémoslle ao cura párroco a súa
preocupación pola conservación dos bens desta igrexa, pero non coido que
estivese no ideario político dos republicanos focenses asaltar a igrexa de San
Martiño.
Outro lugar que sinala no seu artigo García Dóriga é
a capela do Carme e a capela erixida no monte da Cruz da Agrela e hoxe coñecido
como monte do Bispo Santo.
Deixemos que sexan as verbas de
García Dóriga as que nos relaten a lenda de San Gonzalo, que comeza, segundo o
autor, nun día tranquilo, onde todo estaba en calma ata que: “Allá
en el mar, y en la línea dibujada por el horizonte, aparecieron muchos puntos
negros que, poco a poco, fueron tomando la forma de naves, en tanto que por
valles, montes y cabañas, se escuchó gritar: Los Normandos, los piratas
normandos.
Y esto era un grito desolador, porque los normandos
llevaban la destrucción a la costa donde ponían el pie, y robaban los templos y
mataban y esclavizaban á seres inocentes, y forzaban las mujeres y arrebataban
los rebaños y quemaban las aldeas y pisoteaban los vasos sagrados y hacían
astillas las imágenes de los santos”.
Cando as campás comezan a laiar
avisando da presenza dos normandos os labregos deciden armarse para defender o
seu, de igual modo os pastores, deixando gardados os animais,
colleran pedras para defender a súa terra. Mentres os homes facían isto as
mulleres: “abrazadas a sus tiernos hijos pendientes del pecho,
prorrumpían en alarídos que partían el corazón, y mas huían en diversas
direcciones y otras, no desmintiendo la sangre de su patria, se unían a los
grupos de combatientes y se acercaban a la orilla del mar”.
A armada normanda avanzaba
impulsada por un vento favorable. A xente que os agardaba na praia,
atemorizados ante o elevado número de naves, intuían que ían morrer todos eles
na defensa do seu fogar; “ya casi se
distinguían, entre el velamen y el cordaje de los bajeles, los rostros
imponentes y de largas barbas rubias de aquellos piratas, se oían los gritos de
júbilo o las maldiciones de la tripulación, rabiosa por apoderarse cuanto más
antes del codiciado botín”.
Mentres isto acontecía nas praias
focegas cara San Martiño “viose
a un grupo de sacerdotes, que, rodeando a un obispo, se aproximaba al pueblo
defensor de la costa. ¡ El santo
obispo Gonzalo, dijeron unos!, ¡ Misericordia!, ¡Misericordia!, clamaron otros.
Y el santo obispo con su humilde traje talar, sus modestas sandalias y apoyado
en su venerable báculo, se acercó lentamente á aquellos desgraciados y dejando
ver en su pálido rostro una expresión de dulzura y de resignación cristiana,
con voz angelical, dijo así: ¡ Hijos míos! Yo soy, que vengo a compartir con
vosotros los peligros y el martirio de Jesucristo, si fuese necesario. Y
extendiendo la mano diestra, bendijo a la multitud. ¡No temáis. Tened fe viva!.
Levantaos, que yo soy el único que debe arrodillarse para implorar la
protección del Cielo, porque también soy el más miserable pecador de todos. El
pueblo entero maquinalmente se puso de pie, guardando un religioso silencio y
el santo Obispo hincó las rodillas en medio del campo; abrió los brazos; alzó
la vista al firmamento y se puso en oración. Parecía Jesucristo en el huerto de
los olivos. En tanto la flota normanda avanzaba rápidamente en dirección al
puerto. Pero de repente un viento contrario entorpeció su marcha; se apiñaron
negras nubes en el horizonte y se encresparon las olas. La multitud lanzó un
grito de horror. Una de las naves normandas se había adelantado a las demás y
casi tocaba la playa. No había otra esperanza que la de la muerte. La
tripulación se preparaba para saltar a tierra. Los de tierra se preparaban para
luchar cuerpo a cuerpo y arrojar de las peñas á los piratas. Mas una montaña de
espuma hizo retroceder á los expedicionarios hacia un escollo y la embarcación
de abrió en pedazos. Maldiciones, voces de desesperación y de socorro de los
unos, gritos de júbilo y de venganza de los otros; cadáveres que arrastraban
las corrientes, las aguas que empezaban a teñirse de sangre y la borrasca que
aparecía en toda su imponente majestad. Daban a aquella escena un aspecto
lúgubre.
Púsose en pie el obispo Gonzalo para presenciar mejor
la catástrofe y mientras tanto toda la flota normanda, luchando contra el
viento y la marea y haciendo grandes esfuerzos avanzaba sin cesar. Volvió a
arrodillarse el prelado y abriéndose las olas con espantoso ruido, se hundió
otra nave. Irguiose el santo Obispo nuevamente pero al volver a hincar la
rodilla en tierra pereció otra embarcación. Y así estuvo por espacio de algún
tiempo hasta que naufragó toda la flota, á excepción de una sola nave, á la que
el santo Obispo permitió huir para que llevase a su país la noticia del
acontecimiento. ¡ Milagro! ¡Milagro! Gritaron todos los presentes.
Tal es la intervención que se atribuye al Santo
Obispo Gonzalo en el naufragio de las naves normandas, frente á las costas de
Foz, y tal es la tradición que yo he oído referir una tarde al pie de la misma
iglesia de San Martín”.
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